Las mujeres somos las que sufrimos en carne propia los problemas de salud. Nuestros esposos salen a trabajar y las que vivimos la contaminación somos las mujeres Carmen Chambi Surco

Se ha dicho mucho en Perú sobre la contaminación de metales tóxicos con la que vive la población de Espinar, una provincia de la región andina de Cusco. Sin embargo, se conoce poco de las mujeres que han peleado y siguen luchando por su salud y la de sus hijos. 

Entre ellas, se destacan Carmen Chambi Surco y su madre Melchora Surco, dos mujeres de rostro moreno y ojos negros profundos. Ellas vivían en el sector de Pacpacco, Comunidad Alto Huancané, un distrito de Espinar que está a más de 3.000 metros de altura, allí donde el ichu, un pastizal de alturas, crece y las temperaturas bajan hasta tres grados por las noches.  Esa tierra fría es tan rica que una de las más importantes minas de cobre en el país, Tintaya Antapaccay, opera en la zona.

En los más de 10 años que Carmen y Melchora llevan luchando por la salud y el agua limpia de Espinar, han conversado innumerables veces con funcionarios, viceministros, alcaldes y empresarios sobre el problema que enfrentan. El 2017 llegaron a Lima y se dirigieron al Ministerio de Salud para exigir justicia y el derecho a la salud del hijo de Carmen, después de que un diagnóstico reveló que tiene 17 metales tóxicos en la sangre, incluyendo arsénico, mercurio y plomo.

Desde la casa de Melchora se puede ver la relavera con los desechos de minerales de la mina. Ha convivido años con ese desmonte; se acostumbró a verlo a dos cuadras de su hogar.  Ella dice que ha presenciado el aumento de casos de cáncer en la zona y dolencias reiteradas, los cuales asocia a la actividad minera. El gobierno y la empresa sostienen que la presencia de metales en el agua y la tierra se debe a la mineralización natural de la zona, pero no se ha realizado un estudio de causalidad para determinar el origen de estos metales.

En 2013, el Centro Nacional de Salud Ocupacional y Protección del Ambiente para la Salud, la entidad encargada de analizar la presencia de metales tóxicos, tomó muestras de sangre y orina a 180 personas de la zona. Todas las personas analizadas tenían la presencia de al menos uno de los 17 metales tóxicos estudiados en sus cuerpos y se encontró 52 casos de personas que superaban el límite máximo permisible de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Estos resultados se obtuvieron tras múltiples reclamos de la población. Melchora, quien forma parte de las plataformas de afectados por metales tóxicos, ha conversado tantas veces con autoridades y con la prensa que su lucha ha sido conocida internacionalmente. Participó de las protestas en Espinar el 2012 sobre la situación socioambiental en la provincia y las mesas de diálogo que se instalaron posteriormente con el gobierno. Ella, mujer quechuablante, decidió representar a su comunidad y hacerse escuchar.

La avanzada edad y las dolencias de Melchora no le han impedido viajar a la capital para denunciar los problemas ambientales. “Yo me encuentro delicada de salud, pero acá estoy”, declaró en una audiencia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2016. “Todo es contaminación, acá tengo las fotos, yo no vengo a calumniar al Estado, a mi patria, lo que quiero es justicia”.

Sin embargo, su salud es delicada y a veces ya no tiene fuerzas. Una vez se cayó de su cama por las dolencias que le afectan el cuerpo. En esas circunstancias, no pudo continuar. Por eso, Carmen decidió seguir con la lucha que inició su madre.  

En 1982, Carmen tenía 12 años y pastaba su ganado en las alturas de la provincia de Huancané, Espinar. Las tierras donde creció eran ricas en pastizales. Ahora todo es diferente. Cuenta que tanto el ganado como los pobladores sufren de problemas de salud que antes no ocurrían.

Carmen ha tenido que sobreponerse por su hijo, al que le operaron de un mal pulmonar. Mediante una intervención médica, le extrajeron un quiste del tamaño de “una manzana pudrida.” Para pagar la operación, trabajó día y noche, todo lo que pudo. Ella atribuye los múltiples problemas de salud a su exposición a los metales tóxicos. Sin embargo, como pasa en la gran mayoría de casos con estos tipos de enfermedades en Espinar, los médicos no han hecho los diagnósticos especializados que permiten establecer un posible vínculo entre la enfermedad y la presencia de metales tóxicos en su cuerpo.

“No solamente yo hablo de mi hijo. Son 11 comunidades las afectadas. Estoy acá presente, por reclamar nuestros derechos”, reafirma Carmen a la prensa.  Así son las mujeres de Espinar, no nos callamos, dice.

“Las mujeres somos las que sufrimos en carne propia los problemas de salud. Nuestros esposos salen a trabajar y las que vivimos la contaminación somos las mujeres”, asegura Carmen. Son ellas las que cocinan con el agua contaminada con metales tóxicos, la hierven, y la dan de beber a sus hijos. Por eso, en su familia también son las mujeres las que han defendido a la comunidad. “¿Qué podemos hacer?” dice.  “Nos desesperamos”.

Todos en Espinar saben del peligro inminente de los metales en sus vidas. Muchos reportajes han aparecido en la televisión y la ciudad cusqueña olvidada ha estado en boca de muchos por los alarmantes resultados de las muestras de sangre, orina y agua.

El año pasado, el Gobierno Regional de Cusco declaró en emergencia el agua de la ciudad de Espinar. Los funcionarios públicos han reconocido que personas en la zona sufren graves problemas de salud y la atención médica ha sido deficiente. Funcionarios de la Presidencia del Consejo de Ministros también han empezado a escuchar a los afectados por metales tóxicos. Como parte de un esfuerzo colectivo con otras comunidades afectadas por metales, las mujeres de Espinar han logrado hacer visible su situación en la agenda pública y política en el país, alcanzado compromisos importantes por parte del gobierno.

Carmen está segura que no hay vuelta atrás, pues tuvo que dejar su casa en el campo porque no puede vivir en una comunidad contaminada. “Es mi madre la que se ha comprometido, siempre ha estado ahí”, dice.  La lucha por los derechos es intergeneracional y no se detendrá hasta lograr agua de calidad y atención de salud.

Por Gloria Alvitres Aliaga, periodista con interés en temas ambientales.

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